martes, 29 de enero de 2008

Invasión Pokemona

Ciudadanos, chilenos y chilenas todos: estamos en peligro. Aunque nadie nos haya advertido de esta invasión, el desembarco masivo de tropas, con pintas alienígenas es evidente. Fuerzas extrañas y con los pelos parados nos están bombardeando desde todos los frentes, sobre todo desde nuestras pantallas. Aunque el enemigo interno no reconoce su condición beligerante y se hacen llamar tribu urbana, la mayoría hemos detectado el peligro del ataque masivo de sus misiles reggaetoneros, sus pasitos de baile saltarines y sus prendas íntimas asomadas sobre el pantalón.

Antes, estaban recluidos en discoteques diurnas donde nadie les daba bola a su búsqueda “teen”. Pero ahora, se han multiplicado por todas partes y nos llegan sus ondas ponceadoras desde todos los frentes, sobre todo por televisión donde aparecen a toda hora y por todo canal.

Estamos frente a una invasión pokemona de tal envergadura que la salud mental nacional se encuentra en serio riesgo. Y de seguir pasivamente frente a esta sobreexposición, pueden ocurrir catástrofes nacionales q tendremos que lamentar. Así como estamos, cualquier día de estos, las señoras en su casa pueden acudir en masa a perforarse narices, ombligos, y cejas convencidas de que se trata del último grito de la moda, podríamos tener demostraciones folclóricas de perreo en La Moneda ante visitantes extranjeros, cambiar castellano por el idioma sin vocales y muchas X, bautizar guaguas en ese indescifrable cosa de fotolog, tener una presidenta con el pelo macheteado y mechones fucsias, y, horror, reemplazar el nombre del país por el de Pokelandia donde lo único que hacen sus habitantes es subir fotos a Internet semipiluchos, bailar reggaetón sin parar y poncear, poncear que el mundo se va a acabar.

Ese es el legado cultural que traen los invasores y que los sociólogos se han vuelto locos estudiando: harto ponceo, mechas tiesas, reggaetón e idioma alternativo para analfabetos. Adolescentes en búsqueda de una identidad y seguridad que no tienen, que han vuelto locos a los medios de comunicación como si fueran profetas de una nueva religión o vinieran del espacio exterior a enseñarle algo sumamente importante a nuestra civilización a punta de looks horripilantes, tenidas de mal gusto, cabelleras atroces y una pila de cabezas que sólo acumulan aire al son de los bocinazos del ritmo de moda.

Por eso, ciudadanos, es mejor estar advertidos que aún podemos dar la pelea. Pokelandia ha ganado terreno y está en ciernes: de hecho ya ha reclutado a varios animadores supuestamente cuerdos dentro de sus filas. Comenzó con PokeEva y ahora el aglutinamiento alcanza hasta a la seriecita de ex Tonga, ahora PokeTonka. Pero aún estamos a tiempo para sacar a los pequeños ninjas colorinches y buenos para el besuqueo de todas las vitrinas y trincheras públicas desde las cuales nos están saturando con su cultura heredada de ese milenario imperio llamado Metano y de la dinastía de lo fácil llamada Internet. Aún podemos salvarnos d esta lluvia de fuego pokemáon a la que nos hemos visto expuestos. Primero, solucionar de raíz el problema: dejar adolescentes solos en casa de clase media puentealtina, floridana, sanmiguelina y demases, y confiar en la amable crianza de la tele y el computador, jamás fue una buena idea. Ya vemos los resultados alienígenas del experimento. No más televisores-niñeras ni fotologs-niñeras. Y segundo, podemos recuperar el terreno perdido y reclamar los espacios televisivos pokemones a Animal Planet y deshacernos de ellos rápidamente incrementando las arcas del país. Quizás blandiendo por las calles nuestro derecho soberano a no ser acribillados diariamente, las 24 horas del día, con marcianos que no hacen nada más que mover las pompas. Quizás, emprender una revolución que los reduzca exclusivamente a la jaula de donde salieron: El Diario de Eva. Pero algo debemos hacer. Ciudadanos. Hemos perdido la pokebatalla. Pero aún no hemos perdido la pokeguerra.


Pepa Valenzuela